Cuando se nos cruza una chiquilla despampanante, la mayoría de nosotros tenemos que retener nuestros instintos más básicos para no cometer la gran indecencia, según algunos, de seguir con la mirada la trayectoria de lo que todos sabemos. Está en nuestro mapa genético lo de ser atraídos tanto por las curvas de una mujer, si eres heterosexual, bisexual o lesbiana, como por los músculos perfilados de un hombre si eres las opciones sexuales que restan.
Sin embargo, los patrones de belleza han cambiado, por lo que la teoría de que el hombre tiene un patrón predefinido de cómo tiene que ser una mujer, donde el subconsciente elige que mujer es la adecuada para procrear dependiendo en las anchuras de las caderas, y que la mujer elige al hombre como proclive para perpetuar la especia dependiendo en las anchuras de la espalda y la cantidad de masa muscular, han perdido para mi todo razonamiento. Desde los esbeltos romanos, donde la pedofilia y la homosexualidad fueron legales y autorizadas, pasando por las grandes mujeres del norte, iconos fetichistas en la época de viquingos y bárbaros, ha pasado toda una gama de patrones físicos tan variopintos y distantes que es imposible creer en leyes naturales, y darse cuenta de que los cuerpos son modas.
Hablando con un amigo, que hace que no me ve siglos, llegamos a la conclusión de que yo siento una atracción especial hacia las “mujeronas”, con curvas y felices, que hacen de mi visión todo un recreo de sentidos. Necesito sentir fuerza en un abrazo, que mis manos sientan el calor de unas curvas al abrazar. Todo esto es la visión más romántica de esta historia, ya que mi gran amigo, turco de nacimiento, psicólogo de profesión, me advierte de que tengo una anomalía. Un tipo de desviación sexual, a la que no supo poner nombre, ya que me gusta algo que se sale fuera de lo común.
Así que a partir de ahora, siento “gordofilia”, termino inventado, por supuesto, y lo digo con toda la ironía del mundo. La sociedad esta atormenta cada día más a los que no somos clones, simples fotocopias de un patrón dictado por unos pocos que poseen el vano privilegio de ser conocidos. Deprimente.